Cuando la gripe porcina ciudadana contagia a Internet

16.785 en 0,16 segundos. Esa es la cantidad de resultados que nos muestra Google al teclear “gripe porcina” en su buscador de noticias. Y todo ello sólo en medios de habla hispana.

Desde que la semana pasada se diera la primera alerta tras el ingreso en hospitales y posterior muerte de algunos ciudadanos mejicanos a causa del virus A/H1N1, la noticia de portada ha estado servida. Tanto los diarios digitales como las cabeceras de papel se han hehco eco de la evolución y desarrollo de la noticia, si bien de un día para otro el titular sólo sufre una modificación: el número de afectados, que no deja de aumentar.

Cuando el alcance de una información llega, como es el caso, a todos los rincones del globo y mantiene la expectación segundo a segundo, todo nuevo dato es recibido con entusiasmo por las redacciones digitales, provenga de donde provenga. En el caso del reciente brote de gripe porcina, la actualidad se va completando lentamente, pero los testimonios de los afectados comienzan a invadir la red.

Esta práctica tiene sus precedentes: guerras, atentados, catástrofes naturales… todas aquellas situaciones en las que el caos es el principal protagonista y la necesidad de información insaciable son las que convierten a los ciudadanos, por un momento, en propietarios de información privilegiada, mucho antes que cualquier medio de comunicación.

El resto de las ocasiones, son los periodistas quienes gozan de este privilegio. Sin embargo, cerca del final de la primera década del siglo XXI, los límites entre competencias empiezan a desdibujarse. Cada vez son más los blogs que los ciudadanos crean a diario donde publican sus propios textos, las fotografías y vídeos que los medios utilizan de perosnas anónimas que presenciaron un hecho relevante, las participaciones en diarios digitales por parte de los usuarios…

Parece lógico que se cree el dilema: si un ciudadano puede redactar sus textos, hacer sus fotografías o grabar sus vídeos y subirlos a la red, ¿para qué periodistas? El eterno debate siempre es concluido por parte de los profesionales de la comunicación de la misma manera: con saber escribir, fotografiar o grabar no es suficiente, se necesita saber contextualizar, ordenar y exponer los hechos. Y ésto sólo puede hacerlo el periodista. Sin embargo, parece más lógico aún pensar que ,si en apenas 12 años de periodismo digital las fronteras se han  desdibujado como nunca se habían desdibujado antes con la irrupción de medios como la radio o la televisión, ¿por qué dentro de otros 12 no iban a estar borradas del todo?

Nos adentramos en una era en la que la información ya no pertenece a unos pocos, sino que se comparte entre muchos. Lo único que Internet ha podido hacer es potenciar la capacidad de que entre todos, profesionales o no, se pueda crear un caudal de información casi infinito. ¿Quiere decir esto que la profesión periodística tocará su fin cuando la participación ciudadana (erróneamente llamada “periodismo ciudadano”) monopolice la práctica de la creación de noticias? La duda parece que persistirá todavía durante un tiempo, más o menos prolongado.

¿Quien habla por el que ya sabe hablar?

Una última reflexión: 

Una cosa siempre ha sido cierta: el privilegio de la exclusividad de la información pertenece antes al testigo que a nadie. Hasta ahora, el informador hablaba por él. Ahora, es él mismo quien puede contarlo. ¿Quién habla por el bebé cuando el bebé ha aprendido a hablar?

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